La cuarta “E” es empoderamiento

Mi historia

Tengo dos hijos y una hija, y vivo en Maine. Desde la primaria, mi hijo mayor ha tenido problemas de ansiedad, con las habilidades sociales y las dificultades del funcionamiento ejecutivo.

Qué estaba haciendo

Los primeros años de mi hijo fueron muy difíciles. Se enojaba muy fácilmente y con mucha intensidad. Le resultaba difícil mantener amistades. Todos los días temía que sonara mi teléfono porque sabía que era una llamada de la escuela, otra vez. Se metía en problemas porque las personas pensaban que era rudo e irrespetuoso. Mi hijo se sentía incomprendido, solo y siempre en problemas.

Yo estaba siguiendo un patrón al que ahora llamo las tres E: excusas, explicación y educación. Hablaba de sus problemas como una manera de excusar su comportamiento. Luego me di cuenta que no era una excusa, sino que lo usaba para explicar sus dificultades. Ahora, intento educar a las personas sobre cómo podemos colaborar para ayudar a Jacob a salir adelante.

Lo que me hubiera gustado saber antes

Para decir la verdad, me hubiera gustado saber que había una cuarta E: empoderamiento. Todas esas excusas, explicaciones y educación eran acerca de mi hijo, no con él. Me sentaba en reuniones y en citas con doctores para discutir los síntomas, las estrategias y los “¿qué tal si…?” ¿Cómo podíamos aprender a reconocer sus señales de frustración? ¿Qué tal si intentábamos un grupo de habilidades sociales?

Mi hijo se acostumbró a que yo fuera su defensora, pero esto se convirtió en una muleta. No desarrolló las habilidades para resolver problemas que necesitaba para conversar con sus maestros o amigos, algo que ambos empezamos a reconocer con el tiempo. Necesitaba ser capaz de hablar por sí mismo.

Empezamos de a poco preguntándole qué pensaba. En lugar de hablar sobre él, lo empoderamos haciéndole preguntas como: “¿Cómo podemos ayudarte a reconocer las señales de frustración?” o “¿crees que un grupo de habilidades sociales podría ayudarte?”

Una vez que empezamos a incluirlo en las conversaciones, las cosas mejoraron gradualmente. Empezó a reconocer situaciones que le causaban ansiedad. Aprendió a controlar sus sentimientos e incluso a practicar conversaciones con sus amigos. Su nueva autoconciencia le está permitiendo explorar sus fortalezas, y no solo a manejar las consecuencias de sus limitaciones. Ahora tiene 12 años y está en séptimo grado. Todavía tengo que explicarle y educarlo en ocasiones. Sin embargo, también sé lo importante que es empoderar a mi hijo para el futuro.

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